En los años 60 cuando ─cuando tenía 18 años─ todavía se podía caminar por las calles sin ser asaltado o robado. La ciudad era mucho mas tranquila y se vivía más sencillamente. Parecía que el tiempo no transcurría y no había tanto ruido ni tanto alboroto como hoy.
Las fiestas, así como los velorios, se realizaban en las casas de los cumpleañeros o los deudos; los vecinos contribuían al evento y todo el mundo participaba para que el acontecimiento fuera más agradable o más soportable.
Las viejas casas de la ciudad ─todavía quedan algunas─ solían tener la Sala de Estar en la entrada, luego; un largo pasillo daba acceso a los cuartos de dormir adosados a un solo lado. Al final se llegaba a la cocina, que a veces era el sitio de reunión a compartir con las visitas, y de allí el patio; casi siempre un lugar de tierra lleno de árboles y matas de todo tipo. Allí se encontraban los respectivos baños para «chicos y chicas», como mostraban unos elegantes cartelitos colocados sobre las puertas. Este lugar era el mas fresco de la casa y una vez hechos los saludos de rigor al anfitrión, la visita era invitada a pasar a él, para tomar el cafecito o el juguito, alguna conserva de limonzón, hicacos o cascos de guayaba o un rico quesillo de leche condensada, todos de producción casera.
Siempre que uno iba de visita alguna cosa te regresaba el anfitrión, especialmente un talego lleno de frutas de la estación ─mangos, nísperos, chirimoyas, etc.─ que los dueños de casa alababan como las mejores de la cuadra.
Estos frondosos arboles frutales, que también adornaban las calles y avenidas de la ciudad, daban refrescante sombra a las calurosas tardes marabinas y las hacían más soportables.
En este ambiente sosegado y apacible, del cual nos trae al recuerdo la danza “Los Pregones Zulianos” de Rafael Rincón González «excelente compositor de música popular citadina», transcurría la vida diaria de ésta non tan populosa y acogedora ciudad.
En este ambiente, que me parece regresado de un pasado muy remoto y olvidado, me crié, tuve mis amores, mis preocupaciones, mis alegrías y mis pasiones como cualquier otro mortal.
Maracaibo no tenía tantos altos edificios de apartamentos, que nos acaloran y quitan la briza natural del Lago a la ciudad.
Uno vivía en casas que solían tener unas puertas de hojas basculantes mantenidas en posición de cierre por una arandela obtenida de un gancho para colgar ropa. Las puertas permanecían abiertas todo el día y solamente por las noches se adosaban las hojas principales, pero sin cerrar con llave, las ventanas siempre quedaban abiertas para que circulara la fresca brisa que nos regalaba el lago.
Parece mentira que se pudiera vivir así, sin la tanta encerrona como hoy. Hoy la ciudad se ha vuelto una gran cárcel, llena de verjas y rejas, donde hasta las calles hemos cerrado con barreras para protegernos de los amigos de lo ajeno.
Aunque ustedes no lo crean ésta, que he descrito, era nuestra tan castigada por el inclemente calor y la desidia de nuestros gobernantes, la ciudad de Maracaibo en mi juventud.
Concluido este nostálgico prólogo, voy a contarles una anécdota que nos sucedió a Max Alliey ─mi amigo casi hermano de muchos años─ y a mí. (Para los que no conocen quien es Max, le digo que es uno de los mejores músicos de la ciudad, que ahora dirige su grupo «Coro y Orquesta de Cámara Max Alliey», el mejor grupo de esta clase para «matar tigres matrimoniales y fiestas. Por supuesto yo pertenezco a la agrupación y vaya la cuña gratis»
En la Maracaibo de aquel entonces era muy fácil y de moda dar serenatas.
Juntos, con mi amigo, muchas veces hemos alegrado ─o molestado─ con nuestro canto las hermosas muchachas que pretendíamos fueran nuestras novias.
Una noche de esas ─eran como las 11 de la noche─ viajábamos en mi destartalado y ruidosísimo Volkwagen ─año 57 con escape libre─ rumbo a uno de esos compromisos amorosos hacia Santa Rosa de Agua, que es un humilde barrio de la Ciudad a la orilla del Lago.
La barriada estaba silenciosa y adormecida, cuando llegamos a turbar su paz con mi atronador carro.
(¿Cuántas mentadas, y no de menta, se habrán elevado a los cielos esa noche? No lo sé y no lo quiero averiguar ahora.)
Llenos de entusiasmo llegamos frente a una humilde casita pintada de blanco, donde destacaban una puerta y una ventana de madera de color verde.
Sacamos nuestros instrumentos, Max con su cuatro y yo con mi chelo y empezamos a entonar las Mañanitas.
─«Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David…»─ tranquilas y plácidas, las notas musicales y nuestra voces se iban elevando a los cielos, esperando que la amada de Max reconociera nuestro varonil canto y entreabriera las hojas de la ventana, ─«…despierta mi bien despierta, mirá bien que ya…»─....en este momento se abrió la ventana, apareció un señor todo desgreñado y pecho desnudo, con evidente cara de que lo habíamos sacado de su mejor sueño, nos dijo con mucha calma pero con voz firme:
─«Muy bonito, muy bonito, pero la muchacha que buscáis vive en la casa de al lado.»─ dicho esto volvió a cerrar las hojas la ventana y desapareció.
Luego de pasar nuestro natural asombro y como despertando de un íncubo, recogimos nuestros instrumentos y volvimos apuradamente a abordar mi ruidosa «nave» y desaparecimos en la densa noche, perseguidos por el ruido ensordecedor del escape libre de mi carro, como si nos acosara el mismísimo demonio.
Unas cuadras más allá y medio molesto le dije a mi atolondrado amigo:
─« ¡Qué molleja Max, vos no sabéis ni donde vive la muchacha ¡no joda!»
─« ¡Verga mano! ─respondió Max─ «… ¿te fijaste que aquí todas las casas son iguales? Me doy cuenta ahora.»
─« Sí hombre, ¡a buena hora nos damos cuenta! No metimos la pata, sino las dos juntas al mismo tiempo.» ─ rematé. Y este fue el fin de la única y última serenata para aquella muchacha desconocida, a quien nunca vi la cara y jamás supe su nombre.
Bueno señores, una equivocación la puede tener cualquiera.
Cosas que pasaban en aquellos tiempos felices a los músicos noctámbulos y serenateros que deambulaban por la ciudad, sin saber por donde andaban.
Maracaibo, 18 de noviembre de 2010, día de la Chinita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario