miércoles, 27 de julio de 2011

La Jungla: La ciudad de Maracaibo... o Gotimara.

Tenía varios días elucubrando si escribir o no algo sobre lo que presencié  en la Avenida Bella Vista (Ciudad de Maracaibo) hace días atrás, un episodio que yo llamaría de canibalismo automotor.
Para mi, y creo que para muchos otros conductores, ir  al trabajo cada mañana se ha transformado en una especie de lotería suicida o ruleta rusa. En cada semáforo, ahora que son inteligentes, se esconde un criminal en potencia que no sabe o no quiere entender la simbología de los números, demostrando así que no han aprovechado la Misión Robinson, donde enseñan a leer los algoritmos.
También han aumentado sobremanera la cantidad de daltónicos -los que confunden el color verde con el rojo- y así extravían el momento de espera con el de arranque que señala el semáforo.
En cada pare asecha un sin cerebro quien le importa un bledo lo que dispone la ley del tránsito terrestre respecto a los pares; se aproxima al mismo a toda velocidad y se traga media calle para frenar, obstruyendo  el transito normal de los otros conductores que tratan de respetar las leyes comunes de convivencia.
Salir a manejar por la ciudad es igual de arriesgado que atravesar una autopista de alta velocidad. Como regresar a la vivienda sin ser asaltado por un delincuente para robarte el Black Berry, o lo peor; si no tienes dinero o utilizas un celular “tapa amarilla”, entonces te arriesgas a que te vacíen la cacerina del revolver en tu cabeza, por lo de: -” Yo soy un malandro responsable y eficiente en mi trabajo, tengo que mantener una familia que tiene hambre y debo llevar el “salao” diario a mi casa, y tu C…eM…. te atreves a usar esta porquería de teléfono y tener tan sólo 10 bolos en el bolsillo, ¿qué falta de respeto es esa? ¿dónde están mis derechos humanos?”.
-Santas zanahorias, Batman, -diría Robin- ¿cómo podremos vivir así en Ciudad Gótica?
Vaya esto como preámbulo de lo que voy a contar que me pasó en Ciudad Gotimara. 
Últimamente se ha puesto de moda, un jueguito estúpido y temerario: el zigzagueo.
En las horas de punta, cuando el tránsito se pone insoportable, se desata una intensa e insana competencia, como para demostrar a los demás lo diestros que somos en hacer maromas entre las filas de carros y demostrar lo hábiles que somos para demostrar lo imbéciles que son los demás.
Los que de una forma u otra tratamos de sobrellevar al estrés del agitado tráfico para llegar con vida a nuestro trabajo, tenemos que aguantar los abusos de estos zánganos de oficio.
Mientras mas brava es la cola y mas difícil es el reto, mas adrenalina corre por las venas, entonces el jueguito del zigzagueo toma el carisma de una verdadera competencia de Gran Prix.
Como les dije en el título, voy a contarle lo que me tocó presenciar cuando trataba de llegar al trabajo, días atrás.
He aprendido que yendo por rutas alternas, se ahorra tiempo, se evita mucha incomodidad y se pasa menos “arrecheras”. Así que, tomo por las vías congestionadas primero, para luego desahogarme por las vías alternas, libres de tránsito.
El otro día, después de cruzar por la esquina 5 de Julio-Bella Vista, para llegar a la Calle Falcón, empecé a escuchar detrás de mi un concierto de cornetas y una  hermosa audición de sólidos frenazos. En estas circunstancias me pongo en alerta y trato de dejar pasar los desalmados conductores en competencia. Al rato me pasó un "carrito por puesto” que trataba de esquivar, a la “machimberra” a los otros carros que había en la vía.
Eso era algo digno de verse. El experto conductor hacía maravillas con todos los conocimientos de su consumado profesionalismo para aplicarlos en el adelantamiento y desquite. Bien había pasado éste primer energúmeno cuando detrás de mi se presntó otro que demostraba ser digno alumno de Emerson Tittipaldi. Éste aplicaba la técnica del precalentamiento de los cauchos, o sea; cada vez que arrancaba hacía patinar las ruedas traseras, con el consabido chirrido y el levantamiento de humo por el caucho quemado.
La competencia entre los dos choferes era dura y encarnizada, tratando de adelantarse el uno al otro para quitarse recíprocamente a los pasajeros. Esto duró por dos cuadras, entre las piruetas mas espectaculares dignas de un circo de payasos y la incomodidad de los otros conductores. De pronto, en una maniobra equivocada y un mal calculo de espacio, llegó lo que ya todo el mundo se sospechaba, un espectacular gran choque con desprendimiento de parachoques y perforación de radiador,  mucho humo, gritos y palabrotas y un grotesco altercado. La tranca que se formó fue mayúscula y el concierto de trompetazos llegó al paroxismo.
Mientras, poquito a poco, me iba introduciendo por los espacios que me quedaban disponibles, para poder sacarle el cuerpo a este desorden mayúsculo, empecé a pensar: ¿Es posible que tengamos que llegar a estos extremos para poder hacer el trabajo de servidores públicos? ¿Es posible que dos bolívares -lo que cuesta una carrera en carrito por puesto- deba poner en peligro la vida de pacíficos  ciudadanos que tratan de llegar incólumes a desempeñar su trabajo diario? ¿Cuánto vale una vida? ¿Dónde han ido a parar los buenos modales y las enseñanzas que se impartían en la vieja escuela primaria venezolana a con el estudio del Manual de Buenas Costumbre de Carreño?
Cada día vivimos mas dentro una jungla, donde el grande se come al chico y la ley de la sobrevivencia hace que sobresalga el mas poderoso y grosero, en vez del mas educado e inteligente. Si seguimos así, llegaremos a transformar esta ciudad en una selva en vez de un hogar para vivir. La descomposición general ha llegado a unos extremos tales que llegamos a entrever los síntomas de la necrosis clínica del cerebro humano.
Va a ser muy difícil volver a ser individuos pensantes como lo éramos las personas de mi generación.
Palabras de viejo -es posible que así sea- cada generación tiene sus Pro y sus Contra, ninguna es perfecta ni puede tomarse de ejemplo absoluto como ejemplo de comportamiento para las otras, pero todas tiene un fin común, el respeto al prójimo y el dejar el espacio vital disponible a los demás para poder subsistir.
No comprendemos que mientras mas irrespetemos las reglas del buen vivir, mas nos encerraremos dentro de un círculo excluyente al comportamiento social. Hoy, nuestro convulsionadísimo modernismo nos separa mas y mas del conglomerado humano pensante. Nuestro derechos se confunden con nuestros abusos y nos olvidamos que, para tener acceso a ellos, primero debemos cumplir con nuestros deberes.
Toda esta libertad extrema, mal entendida, nos llevará al desenfrenado libertinaje sin límites.
Bueno, perdonen estas divagaciones de un viejo, total son palabras lanzadas al viento que no perjudican a nadie.

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