Hoy me levanté nostálgico, con una sensación de haber perdido algo que queda muy atrás en el pasado. Como nunca me ha gustado dejar sin solución los problemas que me agobian, me puse a meditar y como mi memoria se vuelve más hacia el pasado que al presente, descubrí lo que me angustiaba y me daba esa sensación de vacío.
Si vacío. Un vacio entre lo virtual y lo real. Mi mundo de la infancia va desapareciendo y conscientemente me doy cuenta que me acerco, cada vez más al final del camino.
Vivo en un mundo que, poco a poco me excluye de mis semejantes, que cada vez se hace más incomprensible y extraño y me tilda de bobo e inútil vejestorio. Inexorablemente me acerco a lo que sentenciaba mi difunta hermana Giovanna: ─No ves ni siquiera un cura sobre la nieve─ (los curas de antes se vestían con balandrán negro, los de hoy día visten como los comunes mortales, por lo tanto, un cura se destacaba inconfundiblemente sobre el blanco fondo del manto de nieve).
Sí querida hermana que te has ido, ya no tengo vista para estas cosas, ya no soy capaz de seguir el ritmo de este mundo, que cada vez más nos roba la vida con sus apuros, violencias, incomprensiones y locuras. Es verdad, todavía me siento joven de espíritu, pero; la triste realidad es que mi cuerpo se aleja cada vez más de mí y me abandona.
Posiblemente tenga que ver con la educación que me dieron mis padres, que no estaban ajustados a las normas de la sicología moderna de la problemática freudiana, ni a los derechos del niño, ni a la libertad de expresión. En mi infancia nadie conocía que los niños tuvieran derechos, solamente deberes. Me enseñaron que para usufructuar de algunos derechos ─ir a jugar, por ejemplo─, tenía antes que cumplir con todos mis deberes. Sí, primero cumple con tus deberes y luego tendrás acceso a tus derechos, siempre así. Mi abuela Francesca era muy estricta con este principio.
Veo con tristeza crecer a mis nietos y sobrinos nietos, con derecho a pataleos injustificados si no se les satisface en sus caprichos y locuras, sin antes exigírseles haber cumplido con sus obligaciones de hijos buenos.
Ahora voy a hacer una disgregación literaria para explicar como fue hecha mi formación moral y cómo era de inocente y bobo cuando tenía la edad de mis nietos.
Remonto al año de 1947. Me estoy preparando para mi primera comunión y por lo tanto asisto las clases de Catecismo, debo preparar mi alma y cuerpo para recibir la Sagrada Hostia que me unirá para siempre a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Mi padre espiritual, Don Hugo, es muy estricto y quiere que aprenda todo de memoria y no admite ningún pelón u olvido, no pocos regaños me costaron estos difíciles aprendizajes, especialmente porque no podía concentrar mas de dos minutos mis ideas en una sola cosa, mi imaginación infantil me obligaba a divagar en otras esferas del pensamiento como:
«¿Si Dios es Omnisciente, por qué permite que uno se condene si sabe todas las cosas del presente, pasado y futuro?», o peor aún,
«¿Si Dios sabe leer en nuestras conciencias, de qué me sirve la confesión, si no siento remordimiento?»
Cuando mi padre espiritual se dio cuenta que elucubraciones infestaban mi cerebro, se alarmó de tal manera que mandó a llamara a mi madre (la Nonna), para descubrir quien o quienes, en mi casa, eran los responsables de estas herejías. Mi madre le explicó que nunca en la casa se hablaba de dogmas religiosos, ni mucho menos de filosofías gnósticas ni nada parecido. El asunto fue tanto a la larga que optaron por darme una bendición especial, para extraer el espíritu maligno que se anidaba en mis entrañas. Fue una especie de exorcismo muy complicado, con asistencia de todos mis familiares en la iglesia de San Pedro, en mi parroquia.
Por supuesto, después de este importantísimo episodio de mi vida, me cuidé muchísimo de hacer preguntas escabrosas y sin ningún inconveniente me acerqué a mi primera confesión, aparentemente en paz con mi conciencia.
Como todos mis amigos se consultaban sobre cuantos pecados veniales u mortales habían cometido, descubrí con desagrado, que yo; no tenía ninguno de los horrendos pecados mortales de que hablaban y hacían alarde mis amigos.
Les podrá parecer idiota lo que cuento, pero mi preocupación más grande era no tener un verdadero pecado mortal para confesar.
Cuando por fin llegó el día de mi primera confesión, me acerque con vergüenza a vaciar el saco y conté a mi padre espiritual que no tenía ninguno de los horrendos pecados mortales que se tenían mis amigos, lo único que había hecho era sustraer un poco de azúcar a mi abuela a escondidas. Esto en mi mente equivalía a «robar». El azúcar era tan caro, en esos días de postguerra, que era un verdadero pecado mortal sustraerla sin permiso.
Cuando Don Hugo escuchó mi insólita preocupación, me miró, me acarició la cabeza, suspiró profundamente y dijo:
─Hay Franquino, espero que el Señor conserve siempre así tu alma, ve y reza un Padre Nuestro y no te preocupes más.
Ya ven, ¿por qué me encuentro en un mundo que no conozco y que cada vez está más lejano de mí y se aparta?
Nunca he podido comprender como he podido sobrevivir a los avatares de mi vida, sin perderme en las nebulosas. Tener la dicha de haber levantado una hermosa familia, como la que tengo, y haber llegado a la jubilación de mi Orquesta, después de 50 años de profesión, me sorprende sobremanera, aunque Caro; la dulce compañera que comparte mi vida en estos momentos, asegura que nunca he estado completamente con los pies sobre la tierra y tal vez ella tenga razón, pero a mi me basta y me es suficiente.
A ustedes la palabra.
Franco Faccio Marchetti
Maracaibo, 31 de marzo 2008.
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