Eran los años 60, estaba estudiando en la Academia de Música de Estado Zulia, hoy Conservatorio José Luis Paz, el tedioso solfeo cantado del Eslava. Mi profesor, el Maestro Andrés Sandoval Yanez, era muy estricto y quería que las lecciones se dieran sin paradas ni cortes. El tenía la suficiente paciencia de aguantar una equivocación, pero un segundo desliz provocaba la expulsión inmediata del salón de clase.
En eso tenía mucha razón y nos repetía constantemente que al músico no le es permitido ningún error. “Esta profesión – decía – es muy ingrata. No permite vuelta atrás, ni enmienda. Una vez cometida una desafinación o una pérdida momentánea de compás, no hay arreglo posible, por eso las lecciones de solfeo deben ser impecables y sin errores.” Tenía un método muy peculiar de tomarnos la lección de solfeo, nos disponía en clase como si estuviéramos sentados en una orquesta, en semicírculo según el instrumento que estudiábamos, los violines a la izquierda, las violas y vientos al centro y los chelos y bajos a la derecha, como una orquesta de instrumentos vocales.
Como el solfeo se toma de forma individual, nos iba llamando por nombre, uno a uno, saltando entre unos y otros y volviendo a renombrarnos una y otra vez, para que no perdiéramos la atención en la partitura, como si fuera una pequeña de orquesta. Todos teníamos la obligación de seguir con la vista el sitio donde iba cantando el compañero, porque en el momento menos esperado podíamos ser renombrados y, ¡sálvame cielo! si no seguíamos prontos del sitio en el solfeo donde había quedado el compañero, éramos expulsados de clase.
(Parece mentira que hoy se tome tan a la ligera el estudio del solfeo, siendo éste la base para una buena y segura lectura musical.)
Pues, un día en que estábamos en estas reuniones de concentración forzosa, la cual no nos permitía el aburrimiento, pasó algo insólito que vino a distraernos de nuestras obligaciones de estudiantes de música.
El salón de clase era lo bastante amplio y cómodo como para albergar unos 20 pupitres con una gran mesa con amplias gavetas para el profesor. Él se sentaba de espalda a la pared con la puerta de entrada a su derecha, nosotros en semicírculo enfrente al profesor Sandoval, con la puerta de entrada a nuestra izquierda.
En el momento menos esperado, se abrió la puerta de golpe y aparecieron unas enormes posaderas (culo) vestidas de gris, se mandaron el pedo mas horrible, desafinado y apestoso del universo, se volvió a cerrar la puerta de golpe con la velocidad del rayo y, como si nada hubiera pasado la acción quedó petrificada en el tiempo. El hecho fue fulmíneo, sorpresivo y contundente. Todos nos quedamos estupefactos e inmóviles, como si hubiese pasado ululando el helado viento del norte a petrificar la escena, a no ser por el olor acre y nauseabundo de esos gases corporales que vinieron a nuestro encuentro y nos devolvieron a la realidad, nos hubiéramos quedado inmóviles mucho mas tiempo. La reacción inmediata fue una sonora carcajada general de toda la clase.
El profesor Sandoval saltó de su cátedra como empujado por un resorte de un tiovivo, tratando de encontrar ese criminal perturbador de la sagrada paz musical de la escuela…nada, solo los efluvios perfumadores del ambiente. Escuchamos unos lejanísimos pasos que se perdían entre los ecos de las escaleras que daban al primer piso.
Sandoval llamó al bedel para que le informara quien había bajado, pero éste le indicó que el energúmeno había huido por las escaleras internas que conducen al patio trasero, por lo tanto no había podido ver a nadie.
Las pesquisas duraron varias semanas sin lograr sacar nada a flote y, por más que preguntara el profesor Sandoval a los céfiros que venían del lago a refrescar el ambiente, éstos permanecieron mudos y callados hasta el día de hoy y el misterio sigue sin develarse.
En esos tiempos apacibles, donde había poca televisión, no existía Internet y pasaba el tiempo mucho más lentamente que hoy, de vez en cuando sucedían hechos como éste, que venían a cambiar el tedio del día a día. No sea que fuera tan solo para distraernos momentáneamente del “do re mi fa sol”, con el sonido de un insólito instrumento natural (corporal) de viento.
Maracaibo, 27 de mayo de 2011.
No hay comentarios:
Publicar un comentario