domingo, 28 de agosto de 2011

MI MUNDO VIRTUAL


  Hoy me levanté nostálgico, con una sensación de haber perdido algo que queda muy atrás en el pasado. Como nunca me ha gustado dejar sin solución los problemas que me agobian, me puse a meditar y como mi memoria se vuelve más hacia el pasado que al presente, descubrí lo que me angustiaba y me daba esa sensación de vacío.
  Si vacío. Un vacio entre lo virtual y lo real. Mi mundo de la infancia va desapareciendo y conscientemente me doy cuenta que me acerco, cada vez más al final del camino.
  Vivo en un mundo que, poco a poco me excluye de mis semejantes, que cada vez se hace más incomprensible y extraño y me tilda de bobo e inútil vejestorio. Inexorablemente me acerco a lo que sentenciaba mi difunta hermana Giovanna: No ves ni siquiera un cura sobre la nieve (los curas de antes se vestían con balandrán negro, los de hoy día visten como los comunes mortales, por lo tanto, un cura se destacaba inconfundiblemente sobre el  blanco fondo del manto de nieve).
  Sí querida hermana que te has ido, ya no tengo vista para estas cosas, ya no soy capaz de seguir el ritmo de este mundo, que cada vez más nos roba la vida con sus apuros, violencias, incomprensiones y locuras. Es verdad, todavía me siento joven de espíritu, pero; la triste realidad es que mi cuerpo se aleja cada vez más de mí y me abandona.
 Posiblemente tenga que ver con la educación que me dieron mis padres, que no estaban ajustados a las normas de la sicología moderna de la problemática freudiana, ni a los derechos del niño, ni a la libertad de expresión. En mi infancia nadie conocía que los niños tuvieran derechos, solamente deberes. Me enseñaron que para usufructuar de algunos derechos ir a jugar, por ejemplo, tenía antes que cumplir con todos mis deberes. Sí, primero cumple con tus deberes y luego tendrás acceso a tus derechos, siempre así. Mi abuela Francesca era muy estricta con este principio.
 Veo con tristeza crecer a mis nietos y sobrinos nietos, con derecho a pataleos injustificados si no se les satisface en sus caprichos y locuras, sin antes exigírseles haber cumplido con sus obligaciones de hijos buenos.
  
  Ahora voy a hacer una disgregación literaria para explicar como fue hecha mi formación moral y cómo era de inocente y bobo cuando tenía la edad de mis nietos.
   
   Remonto al año de 1947. Me estoy preparando para mi primera comunión y por lo tanto asisto las clases de Catecismo, debo preparar mi alma y cuerpo para recibir la Sagrada Hostia que me unirá  para siempre a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Mi padre espiritual, Don Hugo, es muy estricto y quiere que aprenda todo de memoria y no admite ningún pelón u olvido, no pocos regaños me costaron estos difíciles aprendizajes, especialmente porque no podía concentrar mas de dos minutos mis ideas en una sola cosa, mi imaginación infantil me obligaba a divagar en otras esferas del pensamiento como:
«¿Si Dios es Omnisciente, por qué permite que uno se condene si sabe todas las cosas del presente, pasado y futuro?», o peor aún,
«¿Si Dios sabe leer en nuestras conciencias, de qué me sirve la confesión, si no siento remordimiento?»
   Cuando mi padre espiritual se dio cuenta  que elucubraciones infestaban mi  cerebro, se alarmó de tal manera que mandó a llamara a mi madre (la Nonna), para descubrir quien o quienes, en mi casa, eran los responsables de estas herejías. Mi madre le explicó que nunca en la casa se hablaba de dogmas religiosos, ni mucho menos de filosofías gnósticas ni nada parecido. El asunto fue tanto a la larga que optaron por darme una bendición especial, para extraer el espíritu maligno que se anidaba en mis entrañas. Fue una especie de exorcismo muy complicado, con asistencia de todos mis familiares en la iglesia de San Pedro, en mi parroquia.
 Por supuesto, después de este importantísimo episodio de mi vida, me cuidé muchísimo de hacer preguntas escabrosas y sin ningún inconveniente me acerqué a mi primera confesión, aparentemente en paz con mi conciencia.
  Como todos mis amigos se consultaban sobre cuantos pecados veniales u mortales habían cometido, descubrí con desagrado, que yo; no tenía ninguno de los horrendos pecados mortales  de que hablaban y hacían alarde mis amigos.
   Les podrá parecer idiota lo que cuento, pero mi preocupación más grande era no tener un verdadero pecado mortal para confesar.
  Cuando por fin llegó el día de mi primera confesión, me acerque con vergüenza a vaciar el saco y conté a mi padre espiritual que no tenía ninguno de los horrendos pecados mortales que se tenían mis amigos, lo único que había hecho era sustraer un poco de azúcar a mi abuela a escondidas. Esto en mi mente equivalía a «robar». El azúcar era tan caro, en esos días de postguerra, que era un verdadero pecado mortal sustraerla sin permiso.
  Cuando Don Hugo escuchó mi insólita preocupación, me miró, me acarició la cabeza, suspiró profundamente y dijo:
Hay Franquino, espero que el Señor conserve siempre así tu alma, ve y reza un Padre Nuestro y no te preocupes más.
  Ya ven, ¿por qué me encuentro en un mundo que no conozco y que cada vez está más lejano de mí y se aparta?
  Nunca he podido comprender como he podido sobrevivir a los avatares de mi vida, sin perderme en las nebulosas. Tener la dicha de haber levantado una hermosa familia, como la que tengo, y haber llegado a la jubilación de mi Orquesta, después de 50 años de profesión, me sorprende sobremanera, aunque Caro; la dulce compañera que comparte mi vida en estos momentos, asegura que nunca he estado completamente con los pies sobre la tierra y tal vez ella tenga razón, pero a mi me basta y me es suficiente.
  A ustedes la palabra.

Franco Faccio Marchetti
Maracaibo, 31 de marzo 2008.


jueves, 25 de agosto de 2011

UNA ANECDOTA UN POCO RUIDOSA DE UN INSTRUMENTO "NATURAL" DE VIENTO.


   Eran los años 60, estaba estudiando en la Academia de Música de Estado Zulia, hoy Conservatorio José Luis Paz, el tedioso solfeo cantado del Eslava. Mi profesor, el Maestro Andrés Sandoval Yanez, era muy estricto y quería que las lecciones se dieran sin paradas ni cortes. El tenía la suficiente paciencia de aguantar una equivocación, pero un segundo desliz provocaba la expulsión inmediata del salón de clase.
     En eso tenía mucha razón y nos repetía constantemente que al músico no le es permitido ningún error. “Esta profesión – decía – es muy ingrata. No permite vuelta atrás, ni enmienda. Una vez cometida una desafinación o una pérdida momentánea de compás, no hay arreglo posible, por eso las lecciones de solfeo deben ser impecables y sin errores.”  Tenía un método muy peculiar de tomarnos la lección de solfeo, nos disponía en clase como si estuviéramos sentados  en una orquesta, en semicírculo según el instrumento que estudiábamos, los violines a la izquierda, las violas y vientos al centro y los chelos y bajos a la derecha, como una orquesta de instrumentos vocales.
     Como el solfeo se toma de forma individual, nos iba llamando por nombre, uno a uno, saltando entre unos y otros y volviendo a renombrarnos una y otra vez, para que no perdiéramos la atención en la partitura, como si fuera una pequeña de orquesta. Todos teníamos la obligación de seguir con la vista el sitio donde iba cantando el compañero, porque en el momento menos esperado podíamos ser renombrados y, ¡sálvame cielo! si no seguíamos prontos del sitio en el solfeo donde había quedado el compañero, éramos expulsados de clase.
(Parece mentira que hoy se tome tan a la ligera el estudio del solfeo, siendo éste la base para una buena y segura lectura musical.)
     Pues, un día en que estábamos en estas reuniones de concentración forzosa, la cual no nos permitía el aburrimiento, pasó algo insólito que vino a distraernos de nuestras obligaciones de estudiantes de música.
     El salón de clase era lo bastante amplio y cómodo como para albergar unos 20 pupitres con una gran mesa con amplias gavetas para el profesor. Él se sentaba de espalda a la pared con la puerta de entrada a su derecha, nosotros en semicírculo enfrente al profesor Sandoval, con la puerta de entrada a nuestra izquierda.
     En el momento menos esperado, se abrió la puerta de golpe y aparecieron unas enormes posaderas (culo) vestidas de gris, se mandaron el pedo mas horrible, desafinado y apestoso del universo, se volvió a cerrar la puerta de golpe con la velocidad del rayo y, como si nada hubiera pasado la acción quedó petrificada en el tiempo. El hecho fue fulmíneo, sorpresivo y contundente. Todos nos quedamos estupefactos e inmóviles, como si hubiese pasado ululando el helado viento del norte a petrificar la escena, a no ser por el olor acre y nauseabundo de esos gases corporales que vinieron a nuestro encuentro y nos devolvieron a la realidad, nos hubiéramos quedado inmóviles mucho mas tiempo. La reacción inmediata fue una sonora carcajada general de toda la clase.
     El profesor Sandoval saltó de su cátedra como empujado por un resorte de un tiovivo, tratando de encontrar ese criminal perturbador de la sagrada paz musical de la escuela…nada, solo los efluvios perfumadores del ambiente. Escuchamos unos lejanísimos pasos que se perdían entre los ecos de las escaleras que daban al primer piso.
 Sandoval llamó al bedel para que le informara quien había bajado, pero éste le indicó que el energúmeno había huido por las escaleras internas que conducen al patio trasero, por lo tanto no había podido ver a nadie.
     Las pesquisas duraron varias semanas sin lograr sacar nada a flote y, por más que preguntara el profesor Sandoval a los céfiros que venían del lago a refrescar el ambiente, éstos permanecieron mudos y callados hasta el día de hoy y el misterio sigue sin develarse.
En esos tiempos apacibles,  donde había poca televisión, no existía Internet y pasaba el tiempo mucho más lentamente que hoy, de vez en cuando sucedían hechos como éste, que venían a cambiar el tedio del día a día. No sea que fuera tan solo para distraernos momentáneamente del “do re mi fa sol”, con el sonido de un insólito instrumento natural (corporal) de viento.

Maracaibo, 27 de mayo de 2011.

NAVIDAD 1948


Recuerdo con cariño esa Navidad, no fue ni alegre ni triste, simplemente fue una Navidad en familia. Una blanca, fría y hermosa Navidad.
Mi abuela, Francesca, había tratado de preparar el “Bensone”, un pan dulce típico de la Navidad de la ciudad de Módena, con las pocas cosas que había en la casa; un poco de harina sin cernir, grasa de puerco y un cucuruchito de azúcar, el ingrediente más difícil de conseguir por esos días.
Mi abuelo, Facondo, se había empeñado en la tarea de prender el fuego en la chimenea, y como siempre pasaba, se había llenado de humo acre la habitación. Hubo que abrir las todas las ventanas para que se aireara el habitáculo. Por supuesto, todos nos tuvimos que vestir con ropa gruesa adecuada para hacer frente al intenso frío que entraba. Después de unos quince minutos de complicadas operaciones de descontaminación, se pudo cerrar las ventanas y gozar, otra vez,  del calor que emanaba de la gran estufa.
Normalmente se preparaban los alimentos cocinándolos en ollas puestas sobre ese radiador, pero en esta ocasión, el abuelo, tuvo que recurrir al encendido de la chimenea sencillamente porque, el menú navideño iba a ser diferente.  Los típicos “tortellini”comida navideña que se preparan en unión con toda la familia, igual que con las “hallacas”, no se poderon hacer, pues los ingredientes ese año fueron posible adquirir por lo caros que estaban.
Mi Padre había ido a trabajar a Yugoslavia, pero por problemas logísticos, no había podido mandar la consuetudinaria  remesa  mensual de dinero, que hacía posible la sobrevivencia de la familia. La pensión del abuelo apenas bastaba para pagar las obligaciones de los servicios: agua, luz, aseo y alquiler del apartamento. Posiblemente se les haga imposible comprender el porqué no se utilizaban esos escasos recursos de la pensión de mi abuelo para comprar comida, pero en Italia si no se pagan las obligaciones te patitas en la calle y ese sí hubiera sido un gran problema.   Sin comida se puede vivir varias semanas, incómodamente, pero se puede vivir; en cambio en la calle, con temperaturas por debajo de los 10 grados, la vida hubiera sido imposible.
Mi abuelo solía decir con sarcasmo que: «El hambre es un prejuicio burgués.», pero les aseguro que wl hambre es hambre y no tiene que ver obsolutamente con principios filosóficos. Nunca comprendí la filosofía de mi abuelo, pero aprendí a distraerme con otras cosas para acallar al estómago.
Mi perro no tenía esas necesidades, se había hecho amigo de cuanta carnicería que había en el vecindario y de una forma u otra conseguía su diario era un experto para mover a compasión a los carniceros. Muchas veces fui a buscar comida para la familia al cuartel militar que había a media cuadra de la casa, era lo que sobraba del menú de los reclutas y sabrosa que estaba.
Pues esa navidad, debido a las circunstancias, el menú sería «polenta», un funche preparado con harina de maíz amarilla, sal y agua. Si bien esa era una comida casi diaria por lo barata, no era comida navideña, así que esa navidad la pasaríamos muy tristes. 
Yo tengo una anécdota personal no muy agradable, sobre esta popular comida del norte de Italia. La maestra de primer grado, tenía la mala costumbre de preguntarnos, antes de empezar la clase, qué habíamos comido el día anterior. Todos mis compañeros hablaban de diferentes especialidades de la culinaria  italiana, yo en cambio decía indefectiblemente: «Polenta».
Por supuesto que al cabo de  varias veces de repetir esa fatídica palabra, fui objeto de burlas por parte de mis compañeros. La maestra acallaba severamente estos bochornos, pero no siempre lo lograba. La cosa fue a tanto que me gané el apodo de “Polentone». 
En Italia es un apelativo de desprecio que hacen los italianos del sur a los del norte, que a su vez los tildan de «Terrone», o sea Ranchuos o Pata en el Suelo, por venganza.
Un día llegue a la casa diciendo a mi madre que no quería volver a la escuela, por los hechos arriba mencionados y mamá me salió al paso diciendo:
─Muchacho del carrizo, diles que has comido sopa».  
─Pero mamá, eso es una mentira.─ dije.
─A veces las mentirillas son necesarias. ─retrucó mi madre.
Así que llegue al otro día a la escuela con toda la buena intención de mentir. 
Cuando la maestra hizo su consuetudinaria pregunta, seguro de mi mismo, contesté: «Sopa.»
─¡Qué bien! ¿Cuántos platos?
Y yo contesté sin vacilar: ─Tres tajadas.
Y allí la cagué, porqué todo el mundo se dió cuenta qu había comido otra vez polenta. Bueno, solamente contaba con seis años recién cumplidos.
Ya se pueden imaginar el carnaval de risotadas de toda la clase, a lo que mi maestra, con una voz que nunca había oído, dijo: 
─Cállense, maleducados! Ustedes no saben que es ser un necesitado, Nuestra nación acaba de pasar por una guerra que la puso de rodillas.  Nosotros todos tenemos la obligación de ser solidarios con nuestros hermanos que más lo necesitan.
Dicho esto, se me acercó y me abrazó con una ternura que ni siquiera mi madre lo hubiera podido hacer mejor. Desde entonces, nunca más preguntó sobre comidas y eso me enseñó muchas cosas.
     Volviendo a  ese día, mi abuelo era un experto en hacer polenta, era la única cosa que sabía cocinar con maestría, por lo demás era un cero a la izquierda. Nonna Francesca, tomó muy en serio mi instrucción culinaria, para que no fuera un inútil como mi abuelo, que no podía cocinar ni un huevo cocido, decía ella.  Normalmente los quemaba y destruía las ollas. La abuela le había prohibido terminantemente hacer comidas, a menos que no fuera la Polenta, allí; ella mima lo reconocía como un maestro indiscutible.
El abuelo preparaba el gancho, que guindaba de la campana de la chimenea, para colgar en él un viejo pailón de cobre, negro como el infierno por fuera, pero esplendorosamente dorado por dentro como el paraíso. Ese día,  con todo su empeño, empezó la faena, agregó agua y sal gruesa a la paila, esperó que hirviera abundantemente y luego, a pequeños puños fue agregando la harina de maíz. Tenía un palote de madera que él cuidaba con esmero, para que la mezcladura fuera perfecta. ─La cualidad más importante del cobre es que el funche no se pega al fondo de la paila.─ 
Después de más de una hora, la operación estuvo concluida, venía la ceremonia del vaciado sobre la gran tabla de madera que servía de mesada para que la colada espesara.
El fondo del pailón debía quedar sin ninguna adherencia, eso significaba que la cocción estaba en su punto óptimo. Luego de dejar enfriar un rato el mazacote, la abuela procedía al cortar las tajadas con un hilo. Estas rebanadas, normalmente se mezclan con un tuco de tomate y queso parmesano rallado. Pero en esa oportunidad le hicimos el honor de uniéndolas con un poco de leche.
Lista la cena Navideña antes de ir a la iglesia de media noche a esperar el nacimiento del Niño Jesús. La sorpresa nos llegó por radio. 
Papá tenía un programa radial en vivo, donde tocaba, acompañado por un compañero pianista, piezas del repertorio chelístico mundial. Este programa era auspiciado por el gobierno Yugoslavo y  servía de propaganda para el partido comunista, quien presentaba estos artistas haciendolos pasar por yugoslavos y así demostrar al mundo en que tan alto grado había llegado la cultura musical en la famosa revolución soviética. En esa oportunidad el programa estaba dedicado a la música navideña, no importaba todo lo materialista que pudiera ser el gobierno, nunca pudo apagar la fé religiosa del Rito Ortodoxo. El programa se estaba trasmitiendo desde la Catedral de Sarajevo. Después de varias piezas típicas de la Navidad, que no conocíamos, papá comenzó a tocar «Noche de Paz». Fue como si encendiera una luz brillante en toda la habitación. Mamá nos llamó a los tres, mis hermanas y yo, nos abrazó y con las lágrimas en los ojos nos dijo: ─Ese es vuestro padre.─
Así pasé una víspera de una Navidad inolvidable, todavía hoy, que me encuentro escribiendo estas notas, siento la emoción que experimenté ese día.
A pesar de la polenta con leche y lo poco que había para la celebración, sentí que tenía la mejor más maravillosa del mundo.
Esa humilde canción, hizo posible que papá estuviera allí con nosotros. La distancia había desaparecido. Y la Navidad había comenzado.
Queridos amigos espero no haberles aburrido con estas cursilerías, pero soy un viejo que todavía no logra deshacerse de ellas y lo peor del caso me atrevo a escribirlas.
FELIZ NOCHEBUENA A TODOS. (Navidad año 2009).


lunes, 22 de agosto de 2011

UNA SERENATA MUY PECULIAR.


     En los años 60 cuando ─cuando tenía 18 años─ todavía se podía caminar por las calles sin ser asaltado o robado. La ciudad era mucho mas tranquila y se vivía más sencillamente. Parecía que el tiempo no transcurría y no había tanto ruido ni tanto alboroto como hoy.
Las fiestas, así como los velorios, se realizaban en las casas de los cumpleañeros o los deudos; los vecinos contribuían al evento y todo el mundo participaba para que el  acontecimiento fuera más agradable o  más soportable.
Las viejas casas de la ciudad ─todavía quedan algunas─ solían tener la Sala de Estar en la entrada, luego; un largo pasillo daba acceso a los cuartos de dormir adosados a un solo lado. Al  final se llegaba a la cocina, que a veces era el sitio de reunión a compartir con las visitas, y de allí el patio; casi siempre un lugar de tierra lleno de árboles y matas de todo tipo. Allí se encontraban los respectivos baños para «chicos y chicas», como mostraban unos elegantes cartelitos colocados sobre las puertas. Este lugar era el mas fresco de la casa y una vez hechos los saludos de rigor al anfitrión, la visita era invitada a pasar a él, para tomar el cafecito o el juguito, alguna conserva de limonzón, hicacos o cascos de guayaba o un rico quesillo de leche condensada, todos de producción casera.
Siempre que uno iba de visita alguna cosa te regresaba el anfitrión, especialmente un talego lleno de frutas de la estación ─mangos, nísperos, chirimoyas, etc.─ que los dueños de casa alababan como las mejores de la cuadra.
Estos frondosos arboles frutales, que también adornaban las calles y avenidas de la ciudad, daban refrescante sombra a las calurosas tardes marabinas y las hacían más soportables.
En este ambiente sosegado y apacible, del cual nos trae al recuerdo la danza “Los Pregones Zulianos” de Rafael Rincón González «excelente compositor de  música popular citadina», transcurría la vida  diaria de ésta non tan populosa y acogedora ciudad.
En este ambiente, que me parece regresado de un pasado muy remoto y olvidado, me crié, tuve mis amores, mis preocupaciones, mis alegrías y mis pasiones como cualquier otro mortal.
Maracaibo no tenía tantos altos edificios de apartamentos, que nos acaloran y quitan la briza natural del Lago a la ciudad.
Uno vivía en casas que solían tener unas puertas de hojas basculantes mantenidas en posición de cierre por una arandela obtenida de un gancho para colgar ropa. Las puertas permanecían abiertas todo el día y solamente por las noches se adosaban las hojas principales, pero sin cerrar con llave, las ventanas siempre quedaban abiertas para que circulara la fresca brisa que nos regalaba el lago.
Parece mentira que se pudiera vivir así, sin la tanta encerrona como hoy. Hoy la ciudad se ha vuelto una gran cárcel, llena de verjas y rejas, donde hasta las calles hemos cerrado con barreras para protegernos de los amigos de lo ajeno.
Aunque ustedes no lo crean ésta, que he descrito, era nuestra tan castigada por el inclemente calor y la desidia de nuestros gobernantes, la ciudad de Maracaibo en mi juventud.

     Concluido este nostálgico prólogo, voy a contarles una anécdota que nos sucedió a Max Alliey ─mi amigo casi hermano de muchos años─ y a mí. (Para los que no conocen quien es Max, le digo que es uno de los mejores músicos de la ciudad, que ahora dirige su grupo «Coro y Orquesta de Cámara Max Alliey», el mejor grupo de esta clase para «matar tigres matrimoniales y fiestas. Por supuesto yo pertenezco a la agrupación y vaya la cuña gratis»
En la Maracaibo de aquel entonces era muy fácil y de moda dar serenatas.
Juntos, con mi amigo, muchas veces hemos alegrado ─o molestado─ con nuestro canto las hermosas muchachas que pretendíamos fueran nuestras novias.
Una noche de esas ─eran como las 11 de la noche─ viajábamos en mi destartalado y ruidosísimo Volkwagen ─año 57 con escape libre─ rumbo a uno de esos compromisos amorosos hacia Santa Rosa de Agua, que es un humilde barrio de la Ciudad a la orilla del Lago.
La barriada estaba silenciosa y adormecida, cuando llegamos a turbar su paz con mi atronador carro.
(¿Cuántas mentadas, y no de menta, se habrán elevado a los cielos esa noche? No lo sé y no lo quiero averiguar ahora.)
Llenos de entusiasmo llegamos frente a una humilde casita pintada de blanco, donde destacaban una puerta y una ventana de madera de color verde.
Sacamos nuestros instrumentos, Max con su cuatro y yo con mi chelo y empezamos a entonar las Mañanitas.
─«Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David…»─ tranquilas y plácidas, las notas musicales y nuestra voces se iban elevando a los cielos, esperando que la amada de Max reconociera nuestro varonil canto y entreabriera las hojas de la ventana,«…despierta mi  bien despierta, mirá bien que ya…»─....en este momento se abrió la ventana, apareció un señor todo desgreñado y pecho desnudo, con evidente cara de que lo habíamos sacado de su mejor sueño, nos dijo con mucha calma pero con voz firme:
─«Muy bonito, muy bonito, pero la muchacha que buscáis vive en la casa de al lado.»─ dicho esto volvió a cerrar las hojas la ventana y desapareció.
Luego de pasar  nuestro natural asombro y como despertando de un íncubo, recogimos nuestros instrumentos y volvimos apuradamente a abordar mi ruidosa «nave» y desaparecimos en la densa noche, perseguidos por el ruido ensordecedor del escape libre de mi carro, como si nos acosara el mismísimo demonio.
Unas cuadras más allá y medio molesto le dije a mi atolondrado amigo:
─« ¡Qué molleja Max, vos no sabéis ni donde vive la muchacha ¡no joda!»
─« ¡Verga mano! ─respondió Max─ «… ¿te fijaste que aquí todas las casas son iguales? Me doy cuenta ahora.»
─« Sí hombre, ¡a buena hora nos damos cuenta! No metimos la pata, sino las dos juntas al mismo tiempo.» ─ rematé. Y este fue el fin de la única y última serenata para aquella muchacha desconocida, a quien nunca vi la cara y jamás supe su nombre.
Bueno señores, una equivocación la puede tener cualquiera.
Cosas que pasaban en aquellos tiempos felices a los músicos noctámbulos y serenateros que deambulaban por la ciudad, sin saber por donde andaban.

Maracaibo, 18 de noviembre de 2010, día de la Chinita.